CON LOS OJOS ABIERTOS

"El límite de mi mirada es el límite de mi mundo". Críticas, crónicas de festivales, programación de cineclubes y apuntes sobre cine.

martes, abril 11, 2006

Estrenos de la semana 23 y 30/03/06

**** Obra maestra *** Hay que verla ** Válida de ver * Tiene un rasgo redimible · Sin valor

por Roger A Koza

Cuidar la libertad

Buenas noches y buena suerte, EE.UU., 2005.
Dirigida por George Clooney. Escrita por G. Clooney y Grant Heslow.

*** hay que verla

La segunda película de George Clooney reconstruye una épica secular del pasado cercano en respuesta de una contienda vigente; el galán tiene un cerebro (político), y en éste parece operarse ciertas sinapsis extrañas al clan consagrado de Los Angeles.

Algunos críticos creen que la política es incompatible con el arte. En el mejor de los casos, dicen del segundo film de Clooney: es una buena película, a pesar de su consciente objetivo político. Sentencia política, sin dudas, esa que aprueba con reparos el valor de una obra artística en desmedro de su posición ideológica. El arte disociado de la política es como postular el límite de la educación sexual en el funcionamiento del aparato reproductivo. El cine es una imagen del mundo, y este último se organiza e interpreta en torno a una ostensible lucha material y simbólica. Antes que el ser está la política.

Sí, Buenas noches y buena suerte, es un film político. Y como tal tiene una agenda precisa: defender las libertas civiles y el rol del periodismo en un contexto actual en donde el disenso puede travestirse en deslealtad y traición. Desde ya, utilizar la pretérita confrontación entre el señador McCarthy y el cronista televisivo, Edward R. Murrov, cara visible del programa de la CBS, Person to person, es un desplazamiento estratégico: la distancia temporal agudiza la perspectiva sobre la inmediatez del tiempo presente, más aún cuando todas las apariciones del senador anticomunista se circunscribe a material de archivo perfectamente compaginado con las escenas de debate hoy interpretadas por el excelente David Strathairn. ¿1953? ¿2001? Repetición y diferencia, lo mismo pero en otro paradigma geopolítico.

Buenas noches y buena suerte no es un film coral. Menos aún se trata de una biografía laudatoria sobre un héroe cívico capaz de desafiar el rostro del poder. Si bien Murrow es el portavoz de la disidencia su labor es consecuencia del trabajo en grupo. Véase entonces cuán apropiado es el prólogo, pues allí se propone un trasfondo colectivo en el que Murrow es solamente su condensación subjetiva. En efecto, la totalidad de Buenas noches y buena suerte está compuesta por contrapuntos precisos y armónicos entre la labor grupal y la representación personal. Antes de que el programa esté en el aire se puede divisar el esfuerzo cooperativo; en plena transmisión todo se cristaliza en el rostro austero de Murrow. El plano general y el plano medio al servicio de una concepción social exótica dentro del liberalismo norteamericano. ¿No es acaso la sociedad, en esta predominante filosofía política, la sumatoria pragmática de individuos ontológicamente aislados? La defensa jeffersoniana sobre la libertad de expresión en Clooney es también una exposición indirecta de un concepto de sujeto.

Nótese una diferencia que sí hace a una diferencia. Compárese Buenas noches y buena suerte con películas como El informante, Erin Brokovich o Norma Rae. Más o menos progresistas, si se quiere, Clooney se desmarca de un modelo sociológico del que Mann, Soderbergh y Ritt son son cómplices. En efecto, el límite de la imaginación liberal a la hora de retratar la lucha política consiste en individualizarla. Se puede combatir la corrupción o la injusticia, incluso en el nombre de la clase trabajadora, pero siempre y cuando sea un individuo cuyo heroísmo es más el producto de su rectitud de conciencia que la expresión de una conciencia social determinada. Quien resiste es el individuo, y con ello se justifica y autentifica un modelo social copartícipe respecto del orden que denuncia. Es como la obscena y quizás honesta generosidad de Bill Gates. Donar el excedente de lo que produce un monopolio mientras se reproduce el sistema socioeconómico en el que la riqueza y la desigualdad no tienen límites. Los héroes individuales, los paladines solitarios que batallan contra la institución de la injusticia, son funcionales al orden social que se presenta como su lógico oponente. Hollywood ama al protagonista excluyente, pues sus virtudes neutralizan las contradicciones sociales desde dónde emerge, siendo, final y convenientemente, más relevante quién es el que querella y acusa que el por qué y sobre qué se imputa y se disputa.

Entonces: asociación y cooperativismo instintivo como método de resistencia, de lo que se predica una elección formal y narrativa. En Buenas noches y buena suerte, principalmente, se ve gente trabajando en espacios cerrados. Tal decisión en la puesta en escena ha precipitado y favorecido que algunos críticos hayan señalado negativamente el carácter teatral de la película de Clooney, una supuesta debilidad del film. Una explicación razonable respecto de esta decisión es el exiguo presupuesto; sin embargo, la atmósfera claustrofóbica bien se explica en función de la propia lógica del guión, cuya atención exclusiva se circunscribe al mundo del trabajo y a un problema político específico. En ese sentido, es notable la economía narrativa y el ahorro respecto de lo que se debe o no decir. Por ejemplo: sobre la vida privada de los personajes poco se sabe, excepto lo mínimo e indispensable. Si una pareja debe ocultar su estado civil para poder trabajar en la CBS y uno de los periodistas pone fin a su vida, ambos casos explicitan cómo la historia social determina el psiquismo y la vida privada. No son detalles gratuitos, sino tensiones políticas y morales que atraviesan la subjetividad de una época y la develan. ¿Qué se dice de Murrow? ¿Qué sabemos de su vida privada? Tiene una familia, pero jamás se lo ve con ella. Tal reserva es una anomalía respecto de un sistema narrativo dominante en el que se insiste sobre los detalles personales y en el ocio familiar. Nada de psicología, menos aun de confesión. Aquí los personajes desconocen el weekend, de lo que no se predica un desprecio por el placer. Los interludios musicales, las copas mientras se espera los diarios matutinos y el maravilloso exceso de nicotina hecha humo, contaminan bellamente los fotogramas. Buenas noches y buena suerte también puede ser visto como una crítica difusa al puritanismo triunfante en su modalidad higiénica, capaz, si uno se descuida, de culpabilizar a los fumadores por el efecto invernadero.

Combativa y elegante, Buenas noches y buena suerte sobrepasa su contexto específico y adquiere universalidad en su alegato respecto de la libertad de expresión. La prensa, sea televisiva, radial o escrita, es su rostro público. Murrow y compañía contradicen e invierten la vulgata de que el medio es el mensaje. Buenas noches y buena suerte es, esencialmente, un film sobre cómo la belleza del lenguaje oral y escrito deben estar subordinados a la tarea de emancipar. Placer y deber: Murrow, su máquina de escribir, sus colegas, sus cigarrillos, y una inquietud no desprovista de estoicismo por cuidar la libertad.
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La buena educación

El hijo, Bélgica, 2002.
Escrita y dirigida por de Jean-Pierre y Luc Dardenne.

**** Obra maestra

Habituales triunfadores en Cannes, las películas de los hermanos Dardenne son retratos existenciales y políticos de un presente ausente en la narrativa cinematográfica contemporánea. Cine necesario, audaz, cine del futuro, como alguna vez Cronenberg dijera respecto a una de sus películas.

Las películas son meras películas. La tautología en cuestión, evidente enunciado cínico e incrédulo sostenido por un gran sector de la audiencia y de la crítica, es inaceptable a la hora de sopesar el cine de los hermanos Dardenne. Sus películas son enunciados del mundo, cuentos morales que perforan el solipsismo narcisista de quienes hacen, ven y piensan el cine. Rosetta, film que precede a El hijo, consagrado en Cannes como su reciente opus El niño, instituyó una nueva ley laboral en defensa de los empleados adolescentes en Bélgica; la ley lleva el nombre de la película.

El hijo es menos política que su antecesora, pero comparte su existencialismo visceral y su humanismo radical. Si en Rosetta una vida digna y normal implicaba un puesto de trabajo, El hijo está más circunscrita a explorar cómo se puede restablecer el deseo de vivir y construir una nueva vida. No es la supervivencia el tópico en cuestión, sino la contingencia y gratuidad de la vida. Ese es el dilema secreto de Olivier, interpretado por el excelente Olivier Gourmet, un carpintero que se desempeña como maestro de su oficio en un centro de rehabilitación para adolescentes. La llegada de un joven llamado Francis, a quien conoce, alterará su confinamiento a su oficio, actividad exclusiva que define la identidad de Olivier. Aquello que une a ambos personajes constituye el suspenso moral, cuyo contenido se revela a los 30 minutos de metraje, aunque la tensión que deviene de ello encuentra su resolución en la magistral penúltima escena.

El estilo de los Dardenne es inconfundible. Cámara en mano persiguiendo a sus personajes. Planos secuencia que transmiten una realidad inmediata. Si no hay música en sus películas, hay sonidos; la respiración es una axioma de urgencia. El ascetismo discursivo y el desprecio por la explicación psicológica se explican a través de una concepción de la puesta en escena y una primacía por el lenguaje del cuerpo en donde (un) todo se expresa. El materialismo filosófico de los hermanos se expresa formal y conceptualmente.

El hijo es una meditación sobre la función paterna, la venganza, la piedad y la gracia (sin religión), el sentimiento de pérdida, el dolor de clase, la interdicción del asesinato, pero es, ante todo, un film sobre cómo aprenden los seres humanos a progresar moralmente. En efecto, El hijo postula la medida de lo humano, precisamente, en el reconocimiento de la distancia insalvable respecto del otro. Los hombres se miden, como Olivier y Francis.
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Bajos instintos 2, EE.UU., 2006.
Dirigida por Michael Caton Jones. Escrita por Henry Bean Leora Barish.

* Tiene un rasgo redimible


Divertida y anodina, el regreso de la castradora femme fatale característica de los 90 es tan gratuito como sus asesinatos, aunque en esta ocasión carece del comentario político indirecto respecto de un Zeitgeist bien representado por el machismo posmoderno de Michael Douglas. Son otros tiempos. Vulgarmente psicologizada, la secuela de Bajos instintos merecía otro director capaz de actualizar a la supuesta arpía en ícono de un tiempo en el que la transgresión es en sí una política ortodoxa. ¿Quién todavía puede escandalizarse con un poco de látex y la promesa de un polvo bucal? Ahora es el turno de examinar la lógica del deseo. Sexo y muerte, mientras que Catherine Tramell intenta superar su diagnosticada psicosis gracias a su talento literario y unas sesiones analíticas para elegidos. David Morrisey no es Douglas ni una estrella a la altura de Stone, a pesar de su semblante Liam Nelson, quien bien hubiera podido interpretar al psiquiatra circunspecto, al menos se hubiera dejado de joder con sus personajes Jedi de los últimos años. Ni siquiera la presencia elegante de Charlotte Rampling le otorga consistencia a este delirio con pretensiones intelectuales en donde se cita a Lacan como un significante de algo a pensar. El ridículo desenlace no altera absolutamente nada, pues nada hay aquí que revisar o analizar, aunque algunos pasajes son graciosos ("¿Cree usted que estoy loco?", dice un pope del psicoanálisis, en cierto momento, y no queda otra que soltar una carcajada), pues el erotismo prometido no solo parece copiado de un decadente soft-porn del canal Z, sino que queda restringido a las delicias del amor heterosexual. Sí, Stone sigue siendo atractiva, aunque si la quiere admirar le recomiendo verla en Flores rotas, cuya belleza y erotismo superan a este doble de sí misma.

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